No comparto mi historia para hablar de mí.
La comparto porque sé que, en algún punto, puede tocar la tuya.
Durante muchos años viví sintiéndome víctima de mi infancia y de mi historia. Desde muy pequeña conocí la violencia, el abuso, el rechazo y la culpa. Aprendí a hacerme pequeña, a sentirme poca cosa, a creer que lo que ocurría a mi alrededor era, de alguna manera, mi responsabilidad.
A los siete años comenzaron pensamientos que ningún niño debería cargar, y desde los ocho hasta bien entrada la adultez conviví con autolesiones, emociones intensas, relaciones y hábitos tóxicos que no eran más que el reflejo de un dolor profundo que no sabía cómo sostener. Por fuera seguía adelante; por dentro, algo se iba apagando.
Cambiar de país me mostró otra herida: la de no pertenecer. Sentirme ajena, rechazada, invisibilizada. Y fue ahí donde comprendí algo esencial: por mucha distancia que pongamos, ningún lugar borra los vínculos invisibles que cargamos. Solo cuando nos atrevemos a mirarlos de frente y a sanar lo heredado, lo no dicho y lo no resuelto, comienza una verdadera liberación.
Hubo etapas en las que pensé que me estaba volviendo loca. Busqué ayuda en psicólogos, psiquiatras, medicación… y aunque cada experiencia fue parte del camino, nada lograba aliviar lo que sentía. Me movía en un cuerpo entumecido por los fármacos mientras por dentro era un volcán de miedo, ansiedad y angustia a punto de estallar.
Ese dolor fue el que me llevó a buscar respuestas más allá de lo visible. A descubrir que no solo somos cuerpo, que la energía también guarda memoria, que lo heredado pesa, que lo no expresado enferma. Aprendí la importancia de limpiar, equilibrar y sanar los cuerpos que no se ven, pero que sostienen toda nuestra vida.
Nada de esto ocurrió de un día para otro. Fue un camino largo, profundo y consciente. Un tránsito de la supervivencia a la presencia. De la víctima a la mujer adulta que hoy puede sostenerse a sí misma.
Gracias a este recorrido, hoy estoy aquí. Y te acompaño no solo desde la formación o la experiencia profesional, sino desde haber estado ahí. Sé lo que se siente estar muerta en vida. Y también sé, con cada célula de mi cuerpo, que es posible transformar esa historia cuando alguien camina a tu lado con respeto, verdad y presencia.
Desde ahí acompaño.
Desde ahí te miro.
Desde ahí, si lo sientes, podemos iniciar tu proceso.
Desde mi historia, acompaño la tuya
Mi recorrido profesional
Mi camino profesional comenzó en la fisioterapia. Durante más de 26 años trabajé en distintas clínicas, acompañando a muchas personas desde el abordaje del cuerpo físico. Ese recorrido me dio un profundo conocimiento del cuerpo, de sus tensiones, compensaciones y mecanismos de adaptación.
Sin embargo, esta comprensión no nació solo de la observación profesional, sino también de mi propia vivencia corporal. Desde muy joven, alrededor de los 13 o 14 años, comencé a sufrir lumbalgias intensas, contracturas constantes en la espalda, dolores articulares en rodillas, muñecas y manos, y una fuerte carga en el cuello, como si llevara el peso del mundo sobre mis hombros. Mi cuerpo permanecía en un estado de tensión y contracturas permanente.
Sentía tanto miedo acumulado en mí (del que yo no era consciente) que incluso al dormir mi cuerpo estaba en tensión,
tanto así que cualquier pequeño movimiento podía provocarme pinzamientos profundos y despertarme con un dolor intenso y limitante.
Durante años pasé de un profesional a otro —médicos, fisioterapeutas, osteópatas, quiromasajistas— buscando alivio, y aunque en ocasiones lo encontraba de forma momentánea, el dolor siempre regresaba.
Fue entonces cuando comprendí algo esencial: mi cuerpo me estaba hablando...
El dolor que sentía en mi cuerpo era el lenguaje a través del cual se expresaban traumas, emociones no sostenidas y experiencias no resueltas. El verdadero alivio comenzó cuando empecé a mirar y a trabajar los procesos emocionales y energéticos que mi cuerpo llevaba años mostrándome.
Este recorrido personal fue el que me llevó a ampliar mi mirada profesional y a profundizar en el trabajo energético y de conciencia. A través de distintas herramientas terapéuticas comprendí que el cuerpo físico es un espejo en el que se manifiestan traumas, emociones atrapadas, rencores, ira, tristeza, lealtades familiares inconscientes bloqueos energéticos, etc.
Sanar en profundidad implica ir más allá de lo visible. Significa mirar también los cuerpos sutiles y liberar aquello que permanece atrapado en ellos, permitiendo que el cuerpo físico deje de cargar lo que no le corresponde.






